sábado, 23 de enero de 2010
Hace bastante tiempo ya que estoy experimentando lo que he denominado "sobredosis de epifanías cotidianas". Sé que en algún cuaderno, algunos meses atrás, escribí algo que más o menos decía: "Las epifanías son cosas simples que a uno le costó en verdad ver, no pelotudeces complejas". Igual de simples son las circunstancias en las que se dan; es decir, de la nada, gracias a la cuota de aburrimiento en lo cotidiano (la misma monotonía acentúa cualquier gilipollez más o menos relevante; lo extraordinario es más casual de lo que uno piensa). No sé cómo explicar el resto de lo que iba a explicar (encima así pego más con esta onda anti-reflexión, aunque sé que a la larga es imposible). Entonces, bué. A tener epifanías. Algunas de las cosas que más me gustan pero que no puedo hacer lo suficientemente seguido son: volver a mi casa únicamente para lavarme el pelo, cenar helado, cruzarme con mis profesores más queridos, tener problemas serios, desarrollar comportamientos vandálicos. Las obsesiones están ahí, al alcance de la mano, ¡esperando a ser acumuladas! Ayer estuve insoportable.
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