viernes, 20 de mayo de 2011

Conversaciones (XII)

- Empezaré por usted.

- ¡Encantado! Así le diré que tengo 35 años, mido algo más de metro ochenta, y peso 82 kilos desnudo.

- ¿Y cuál es su profesión?

- ¿Mi profesión...? Uh... Conservarme sano de cuerpo, limpio de imaginación, y calmar al casero. Eso me ocupa todo el día.

- Y en bien de los hombres, ¿qué hace?

- ¡Ah, de los hombres! Sí... Por los hombres no hago gran cosa... Pero con las mujeres, mi récord no es nada malo.

- Es usted algo que no tenemos en Rusia.

- Gracias. Me alegro...

- Es por lo que creo en el porvenir de mi nación.

- Yo mismo empiezo a creer en él desde que la conozco a usted. Aún no sé exactamente de qué se trata, me deja confuso, me espanta; pero me fascina... Ninotchka, ¿le gusto a usted un poco?

- En general el aspecto de usted no es desagradable.

- Gracias.

- Es perfecta la forma de su iris, y limpio el blanco de sus ojos.

- Los suyos son maravillosos. Ninotchka, dígame, ya que sabe usted de todo, ¿no estaré enamorándome de usted?

- A qué mezclar conceptos falsos. El amor es una denominación romántica dada a un proceso biológico; proceso químico, más bien. De él se han dicho y escrito muchas tonterías.

- Entiendo. ¿Con qué lo sustituye?

- Reconozco la existencia de un impulso natural común a todos.

- ¿Qué podría hacer yo para alentar ese impulso en usted?

- No necesita hacer nada. Químicamente, ya simpatizamos bastante.

- Es la critatura más increíble que he visto. Ninotchka, Ninotchka...

- Se repite usted.

- Sí, quisiera repetirlo mil veces. Perdóneme usted si resulto un poco anticuado, al fin y al cabo solo soy un pobre burgués.

- Siempre se puede cambiar.

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