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Me gusta que me beses las piernas. En un hombro, en un brazo..., puede besarte cualquiera. Y digo que puede porque están al alcance. En cambio, de ahí a las piernas, hay un largo recorrido. Nadie se agacha para besarte las piernas. Sé que tú sí lo harías, otra cosa es que haga falta. Yo no tengo piernas, sino rascacielos. Tengo piernas de mármol. De una forma u otra, siempre consigues bajar. Te paras y gravitas en mi ombligo, y me doy un banquete visual. Tan precioso, tan sereno. Creo en la inocencia de tus ojos. Y me regodeo impunemente de que seas solo mío, ignorante de tu don y así más mío todavía.
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